Textos Obligatorios

VII TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría A, modalidad individual.


La princesa y el granuja. Adaptación del cuento de Benito Pérez Galdós, publicado en la Revista Cántabro-Asturiana en 1877.

Pacorrito Migajas apenas tenía más de siete años. Su carilla avejentada y morena le hacía parecer más enano que niño. Sus ojos eran negros y vividores, su boca daba miedo de fea y sus orejas parecían estar pegadas a su cabeza. Vestía una camisa de todos los colores, por lo sucia, y pantalón hecho de remiendos, sostenido con un solo tirante. En invierno se abrigaba con una chaqueta que era de su abuelo, cubría su cabeza con una gorrita y no usaba zapatos ni medias. Estaba solo en el mundo, sin más familia que él mismo. Vendía fósforos, periódicos y algún billete de Lotería. Pasaba las noches en un rincón cualquiera y comía lo que encontraba. Nuestro amigo no era feliz porque estaba enamorado de una hermosa dama de cabellos rubios que arrastraba vestidos de seda y terciopelo con vistosas pieles. Ella solía usar gafas de oro y a veces estaba sentada al piano durante tres días seguidos. La vio en el escaparate de la más bonita tienda de una de las calles de Madrid. Una noche ocurrió algo horrible: una mano penetró en el escaparate, por la parte de la tienda, cogió a la dama por la cintura y se la llevó dentro. Pacorrito deseó morirse porque pensó que la habían vendido. Así fue. Una familia había comprado la señora. Los compradores salieron de la tienda y entraron riendo en un coche de lujo que se detuvo en el pórtico de una casa grande. Pacorrito Migajas logró entrar en esta casa. De repente, vio que la muñeca estaba tirada en el suelo con sus vestidos rasgados, su frente partida y uno de sus brazos roto. Recogió a su gentil dama y escapó de la casa. Pacorrito, muy triste, examinó las heridas del cuerpo de su amada y observó que no eran de gravedad. De pronto, la señora se fue recuperando, se levantó y mostró a Pacorrito su risueña cara, su frente sin heridas, su cuerpo sin la más leve rotura, su vestido completo y limpio, su cabello perfumado y adornado con un sombrero coquetón con diminutas flores. Fue entonces cuando ella le pidió a su enamorado que la siguiera para demostrarle su amor. Juntos llegaron a una gran sala iluminada donde había mil figurillas lujosamente vestidas. La amada, que parecía princesa, lo tomó de la mano y lo presentó a sus amigos. Después ordenó a los sirvientes que arreglaran las vestimentas de Pacorrito. Éstos le pusieron un pañuelo de papel, un sombrero de mimbre adornado con flores, un reloj y un cuchillo a modo de espada en la cintura. El vendedor de periódicos quedó tan guapo que no parecía él mismo. Después del baile y la exquisita cena, la Princesa le pidió que fuese su esposo. Él aceptó. Fue entonces cuando, abrazado a la señora, Pacorro Migajas se convirtió en muñeco. Desde ese momento empezó a experimentar sensaciones extrañas. Quiso moverse y no pudo, descubrió que era de piedra. A los pocos días se vio en un escaparate junto a otras figurillas y objetos, incluso le habían puesto precio: 240 reales. La gente se detenía al otro lado del cristal y se reía observando al gracioso muñeco que representaba un vendedor de periódicos y cerillas. Pacorro se había convertido en “¡Muñeco, muñeco, por los siglos de los siglos!”.



Texto obligatorio: Categoría A, modalidad colectiva.

 

El amigo del alma de Tom estaba sentado a su vera, sufriendo tanto como él, y al punto se interesó profunda y gustosamente en el entretenimiento. Este amigo del alma era Joe Harper. Los dos eran uña y carne seis días de la semana y enemigos en campo abierto los sábados. Joe sacó un alfiler de la solapa y empezó a prestar su ayuda para ejercitar a la prisionera. El deporte crecía en interés por momentos. A poco Tom indicó que se estaban estorbando el uno al otro, sin que ninguno pudiera sacar todo el provecho a que la garrapata se prestaba. Así, pues, colocó la pizarra de Joe sobre el pupitre y trazó una línea por el medio, de arriba abajo.

— Ahora —dijo—, mientras esté en tu lado puedes azuzarla y yo no me meteré con ella; pero si la dejas irse y se pasa a mi lado, tienes que dejarla en paz todo el rato que yo la tenga sin cruzar la raya.

— Está bien; anda con ella... aguíjala.

La garrapata se le escapó a Tom y cruzó el ecuador. Joe la acosó un rato y en seguida se le escapó y cruzó otra vez la raya. Este cambio de base se repitió con frecuencia. Mientras uno de los chicos hurgaba a la garrapata con absorbente interés, el otro miraba con interés no menos intenso, juntas a inclinadas las dos cabezas sobre la pizarra y con las almas ajenas a cuanto pasaba en el resto del mundo. Al fin la suerte pareció decidirse por Joe. La garrapata intentaba éste y aquél y el otro camino y estaba tan excitada y anhelosa como los propios muchachos; pero una vez y otra, cuando Tom tenía ya la victoria en la mano, como quien dice, y los dedos le remusgaban para empezar, el alfiler de Joe, con diestro toque, hacía virar a la viajera y mantenía la posesión. Tom ya no podía aguantar más. La tentación era irresistible; así es que estiró la mano y empezó a ayudar con su alfiler. Joe se sulfuró al instante.

— Tom, déjala en paz — dijo.

— Nada más que hurgarla una miaja, Joe.

— No, señor; eso no vale. Déjala quieta.

— No voy más que a tocarla un poco.

— Que la dejes, te digo.

— No quiero.

— Pues no la tocas... Está en mi lado.

— ¡Oye, tú, Joe! ¿Y de quién es la garrapata?

— A mí no me importa. Está en mi lado y no tienes que tocarla.

— Bueno, pues ¡a que la toco! Es mía y hago con ella lo que quiero. Y te aguantas.

Un tremendo golpazo descendió sobre las costillas de Tom, y su duplicado sobre las de Joe; y durante un minuto siguió saliendo polvo de las dos chaquetas, con gran regocijo de toda la clase. Los chicos habían estado demasiado absortos para darse cuenta del suspenso que un momento antes había sobrecogido a toda la escuela cuando el maestro cruzó la sala de puntillas y se paró detrás de ellos. Había estado contemplando gran parte del espectáculo antes de contribuir por su parte a amenizarlo con un poco de variedad. Cuando se acabó la clase a mediodía Tom voló a donde estaba Becky Thatcher y le dijo al oído:

— Ponte el sombrero y di que vas a casa; cuando llegues a la esquina con las otras, te escabulles y das la vuelta por la calleja y vienes. Yo voy por el otro camino y haré lo mismo.

Así, cada uno de ellos se fue con un grupo de escolares distinto. Pocos momentos después los dos se reunieron al final de la calleja, y cuando volvieron a la escuela se hallaron dueños y señores de ella. Se sentaron juntos, con la pizarra delante, y Tom dio a Becky el lápiz y le llevó la mano guiándosela, y así crearon otra casa sorprendente. Cuando empezó a debilitarse su interés en el arte, empezaron a charlar.

— ¿Te gustan las ratas? — preguntó Tom.

— Las aborrezco.

— Bien; también yo... cuando están vivas. Pero quiero decir las muertas, para hacerlas dar vueltas por encima de la cabeza con una guita.

— No; me gustan poco las ratas, de todos modos. Lo que a mí me gusta es masticar goma.

— ¡Ya lo creo! ¡Ojalá tuviera!

— ¿De veras? Yo tengo un poco. Te dejaré masticar un rato, pero tienes que devolvérmela.

Así se convino, masticaron por turnos, balanceando las piernas desde el banco de puro gozosos.

— ¿Has visto alguna vez el circo? — dijo Tom.

— Sí, y mi papá me va a llevar otra vez si soy buena.

Yo lo he visto tres o cuatro veces..., una barbaridad de veces. La iglesia no vale nada comparada con el circo: en el circo siempre está pasando algo. Yo voy a ser clown cuando sea grande.

— ¿De verdad? ¡Qué bien! Me gustan tanto, todos llenos de pintura.

Y ganan montones de dinero..., casi un dólar por día; me lo ha dicho Ben Rogers. Di, Becky, ¿has estado alguna vez comprometida?

— ¿Qué es eso?

— Pues comprometida para casarse.

— No.

— ¿Te gustaría?

— Me parece que sí. No sé. ¿Qué viene a ser?

— ¿A ser? Pues es una cosa que no es como las demás. No tienes más que decir a un chico que no vas a querer a nadie más que a él, nunca, nunca; y entonces os besáis y ya está.

— ¿Besar? ¿Para qué besarse?

— Pues, ¿sabes?, es para... Bueno, siempre hacen eso.

— ¿Todos?

— Todos, cuando son novios. ¿Te acuerdas de lo que escribí en la pizarra?

— ...Sí.

— ¿Qué era?

— No lo quiero decir.

— ¿No quieres decirlo?

— Sí..., sí, pero otra vez.

— No, ahora.

— No, no..., mañana.

— Ahora, anda, Becky. Yo te lo diré al oído, muy callandito.

Becky vaciló, y Tom, tomando el silencio por asentimiento, la cogió por el talle y murmuró levemente la frase, con la boca pegada al oído de la niña. Y después añadió:

Ahora me lo dices tú al oído..., lo mismo que yo.

Ella se resistió un momento, y después dijo:

— Vuelve la cara para que no veas, y entonces lo haré. Pero no tienes que decírselo a nadie. ¿Se lo dirás, Tom? ¿De veras que no?

— No, de veras que no. Anda, Becky...

Él volvió la cara. Ella se inclinó tímidamente, hasta que su aliento agitó los rizos del muchacho, y murmuró: «Te amo».


VII TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría B, modalidad individual.

                             

MISERICORDIA (extracto), PÉREZ GALDÓS

 Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián... mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse   que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio bifronte, con su torre barbiana, el cupulín de la capilla de la Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo de una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo mamarracho.

 

Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado culto por una parte y otra, porque tenemos un contador infalible: los pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que van a donde lavan.




VII TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría B, modalidad colectiva.

 

MISERICORDIA (extracto), PÉREZ GALDÓS

               Aunque en muy pequeña escala, también podía Frasquito satisfacer otra curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o más bien ilusión, de los viajes. No había dado la vuelta al mundo; pero ¡había estado en París! y para un elegante, esto quizás bastaba. ¡París! ¿Y cómo era París? Obdulia devoraba con los ojos al narrador, cuando este refería con hiperbólicos arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los esplendorosos tiempos del segundo Imperio. ¡Ah! ¡la Emperatriz Eugenia, los Campos Elíseos, los bulevares, Nôtre Dame, Palais Royal... y para que en la descripción entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no estuvo más que mes y medio, viviendo con grande economía, y aprovechando muy bien el tiempo, día y noche, para que no se le quedara nada por ver. En aquellos cuarenta y cinco días de libertad parisiense, gozó lo indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para tres años seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo raro; en todo metió su nariz chiquita, y no hay que decir que se permitió su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, haciéndoles tributarios de la voluptuosa Lutecia.

 

Precisamente aquel día, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de París, y tan pronto, en su pintoresco relato, descendía a las alcantarillas, como se encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle.

 

-Muy cara ha de ser la vida en París -le   dijo su amiga-. ¡Ah! Sr. de Ponte, eso no es para pobres.

-No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me quedó por ver. Pronto aprendí las correspondencias de los ómnibus, y a los sitios más distantes iba por unos cuantos sus. Hay restauranes económicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos. Verdad es que en propinas, que allí llaman pour boire, se gasta más de la cuenta; pero créame usted, las da uno con gusto por verse tratado con tanta amabilidad. No oye usted más que pardon, pardon a todas horas.

-Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor. ¿No vio usted a los grandes hombres?

-Le diré a usted. Como era verano, los grandes hombres se habían ido a tomar baños. Víctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigración.

-Y a Lamartine, ¿no le vio usted?

-En aquella época, ya el autor de Graziella había fallecido. Una tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.

-¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y porquerías me fastidian.

-También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet. Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones... ¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de Prim...

-Ese Octavio, ¿de qué es autor?

-De Sibila y otras obras lindísimas.

-No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no recuerdo mal, los Pecados capitales y Nuestra Señora de París.

-Los Misterios de París, quiere usted decir.

-Eso... ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que me produjo!

-Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos.

-Exactamente. Lo mismo me ha pasado con María o la hija de un jornalero...».

En esto les avisó Benina que ya tenía preparada la pitanza, y les faltó tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueño de su voluntad en todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le   —160→   decía: «Coma, coma, Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos están malos. Hay que apencar con todo...

-Señora Nina -replicaba el proto-cursi-, yo aseguro, bajo mi palabra de honor, que es usted un ángel; yo me inclino a creerque en el cuerpo de usted se ha encarnado un ser benéfico y misterioso, un ser que es mera personificación de la Providencia, según la entendían y entienden los pueblos antiguos y modernos.

-¡Válgate Dios lo que sabe, y qué tonterías tan saladas dice!».


VII TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría C, modalidad individual.

                             

LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS DE B. PÉREZ GALDÓS

Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua Castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella. Lo formaban dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía, un ancho cartel con doradas letras, que decían al mundo y a la posteridad el nombre, y significación de aquel gran monumento.

 

Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio estaba subdividido en tres corredores o crujías muy grandes, y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.

 

[…] Una mañana se sintió gran ruido de voces, patadas, choque de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa, apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad, cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. […]

Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba […].

Delante marchaban unos heraldos llamados Artículos, vestidos con magníficas dalmáticas y cotas de finísimo acero: no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Éstos, en número casi infinito, eran tan vistosos y gallardos que daba gozo verlos. […]

Junto a los Sustantivos marchaban los Pronombres, que iban a pie y delante, llevando la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, ya guiándoles a guisa de lazarillos, ya dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. […]

Detrás venían los Adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos, atendiendo a sus órdenes para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio, de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. […]



                                    Texto obligatorio: Categoría C, modalidad colectiva.

                                      LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS DE B. PÉREZ GALDÓS 

De estas palabras, algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento de su abolengo latino o árabe; otras, sin alcurnia antigua de que vanagloriarse, eran nuevecillas, plebeyas o de poco más o menos. Las nobles las trataban con desprecio. Algunas había también en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo de adquirir nacionalidad. Otras, en cambio, indígenas hasta la pared de enfrente, se caían de puro viejas, y yacían arrinconadas, aunque las demás guardaran consideración a sus arrugas; y las había tan petulantes y presumidas, que despreciaban a las demás mirándolas enfáticamente. Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon de punta a punta. El verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí rodaban, y subió a él con intención de despotricarse; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los simpáticos Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:

-         «Señores: La osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no les basta introducir en sus libros contrabando francés, con gran detrimento de la riqueza nacional, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo contrario de nuestra intención. (Bien, bien.) De nada sirve nuestro noble origen latino, para que esos tales respeten nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción».

 

(Nutridos aplausos.) El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que de faldón le servía, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado. Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:

-         «Perro, follón y sucio vocablo; por ti me traen asendereado, y me ponen como salvaguardia de toda clase de destinos. Desde que cualquier escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común, y ya le parece que es el más sabio de la tierra. Vete, negro y pestífero Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás, con vida de mis manos.

Y al decir esto, el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella a su escudero, le dejó tan malparado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o, y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí a toda prisa.

-         «Haya paz, señores –

dijo un Sustantivo Femenino llamado Filosofía, que con dueñescas tocas blancas apareció entre el tumulto. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarla los cabellos y a darla coces, cantando así:

 -Miren la bellaca, la sandía, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada -con una Preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana. Déjeme en paz y púdrase de vieja en compañía de la Alemana, que es obra vieja loca. -Quita allá, bullanguera –dijo la Filosofía arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la u llevaba:

 -quita allá, que para nada vales, ni sirves más que de pasatiempo pueril.

-Poco a poco, señoras mías –gritó un Sustantivo, alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento.

-A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a mi hermana o tendremos que vernos las caras. Estese usted quieta y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que la lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.

-Miren el mocoso -dijo la Razón que andaba por allí en paños menores y un poquillo desmelenada, -¿qué sería de estos badulaques sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto, que si me incomodo...

-No ha de ser -dijo el Sustantivo Mal, que en todo había de meterse. -¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro, tío Mal? Váyase al Infierno, que ya está de más en el mundo.

-No, señoras, perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo andaba; pero después que tomó este lacayo, que ahora me sirve, me voy remediando.- Y mostró un lacayo que era el Adjetivo Necesario.

-Quítenmela, que la mato -chillaba la Religión, que había venido a las manos con la Política;- quítenmela que me ha usurpado el nombre para disimular en el mundo sus socaliñas y gatuperios.

-Basta de indirectas. ¡Orden! -dijo el Sustantivo Gobierno, que se presentó para poner paz en el asunto.

-Déjalas que se arañen, hermano -observó la Justicia-; déjelas que se arañen que ya sabe vuecencia que rabian de verse juntas. Procuremos nosotros no andar también a la greña, y adelante con los faroles.

 

Mientras esto ocurría, se presentó un gallardo Sustantivo, vestido con relucientes armas, y trayendo un escudo con peregrinas figuras y lema de plata y oro. Llamábase el Honor y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones, y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el Sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en l que se le había roto en la anterior refriega, se presentó, atrayendo la atención general. Quejose de que se le subían a las barbas ciertos Adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías y que más le valiera andar solo, de lo cual se rieron otros muchos Sustantivos fachendosos que no llevaban nunca menos de seis Adjetivos de servidumbre. Entretanto, la Inquisición, una viejecilla que no se podía tener, estaba pesando fuego a una hoguera que había hecho con interrogantes gastados, palos de T y paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad, que andaba dando zancajos por allí con muchísima gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el Verbo Matar dando grandes voces, y cerrando el puño con rabia, decía de vez en cuando

 -         «¡Si me conjugo...!

Oyendo lo cual el Sustantivo Paz, acudió corriendo tan a prisa, que tropezó en la ¿ con que venía calzada, y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.

-         Allá voy -gritó el Sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero.- Allá voy a componer este zapato, que es cosa de mi incumbencia.

Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo, y se fue a hacer cabriolas ante el Sustantivo Cañón, de quien dicen estaba perdidamente enamorada. No pudiendo ni el Verbo Ser, ni el Sustantivo Hombre, ni el Adjetivo Racional, poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles tendrían que emprender, resolvieron volverse a su casa. Dieron orden de que cada cual entrara en su celda, y así se cumplió; costando gran trabajo encerrar a algunas camorristas que se empeñaban en alborotar y hacer el coco. Resultaron de este tumulto bastantes heridos, que aún están en el hospital de sangre o sea Fe de erratas del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras. Se están redactando las pragmáticas que establecerán el orden en las discusiones. No tuvo resultado el pronunciamiento, por gastar el tiempo los conjurados en estériles debates y luchas de amor propio, en vez de congregarse para combatir al enemigo común: así es que concluyó aquello como el Rosario de la Aurora. El Flos sanctorum me asegura que la Gramática había mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos, para ver si por las buenas y sin derramamiento de sangre se arreglaba los trastornados asuntos de la Lengua Castellana.

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