Textos Obligatorios

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría A, modalidad individual.

 

 

CAMINO DEL DESTIERRO (fragmento del Cantar del Mio Cid. Anónimo)

 Cuenta la historia que mandó llamar el Cid a sus amigos, parientes y vasallos y les comunicó que el rey le ordenaba salir del reino en el plazo de nueve días. Y les dijo:

—Amigos, quiero saber cuáles de vosotros queréis venir conmigo. Dios os lo pagará a los que vengáis, pero igualmente satisfecho quedaré con los que aquí permanezcáis.

Habló entonces Álvar Fáñez, su primo hermano:

—Con vos iremos todos, Cid, por las tierras deshabitadas y por las pobladas, y nunca os fallaremos mientras estemos vivos y sanos; en vuestro servicio emplearemos nuestras mulas y nuestros caballos, el dinero y los vestidos; siempre os serviremos como leales amigos y vasallos.

Todos aprobaron lo que dijo Álvar Fáñez y el Cid les agradeció mucho lo que allí se había hablado. Y en cuanto el Cid hubo recogido sus bienes, salió de Vivar con sus amigos y mandó ir camino de Burgos. Allí dejó su casa vacía y abandonada. Derramando abundantes lágrimas, volvía la cabeza y se quedaba mirándola. Vio las puertas abiertas y los postigos  sin candados, las perchas vacías, sin pieles y sin mantos, sin halcones y sin azores para la caza. Suspiró el Cid, con preocupación, y habló con gran serenidad:

—¡Gracias a ti, Señor, que estás en el cielo! ¡Esto han tramado contra mí mis malvados enemigos!

Se dispusieron a espolear a los caballos, y les soltaron las riendas. A la salida de Vivar, vieron una corneja por la derecha y cuando entraron en Burgos la vieron por la izquierda. Se encogió de hombros el Cid y sacudió la cabeza:

—¡Alegrémonos, Álvar Fáñez, ya que nos destierran!

El Cid Rodrigo Díaz entró en Burgos, en compañía de sesenta caballeros, cada uno con su pendón. Salieron a verlo mujeres y varones, la ciudad entera se asomó por las ventanas derramando abundantes lágrimas ¡tan fuerte era su dolor!, y diciendo por sus bocas una misma opinión:

—¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!

Lo convidarían con gusto a su casa, pero ninguno se arriesgaba, pues el rey don Alfonso le tenía gran rabia al Cid. El día de antes había mandado una carta a Burgos, severamente custodiada y debidamente sellada, en la que ordenaba que al Cid Rodrigo Díaz nadie le diese posada y que el que se la diese tuviese por cierto que perdería sus bienes y también los ojos de la cara, e incluso la vida y el alma. Gran dolor tenían aquellas gentes cristianas; se escondían del Cid, pues no se atrevían a decirle nada.

 

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría A, modalidad grupo.

 

 

El Campeador se dirigió a su posada, y al llegar a la puerta, la encontró bien cerrada: por miedo del rey Alfonso así la tenían atrancada, y, a no ser que la forzasen, no la abriría nadie. Los que iban con el Cid con grandes voces llamaron, los de dentro no les respondieron una sola palabra. El Cid se acercó a la puerta, sacó el pie del estribo y le dio una patada, pero no se abrió la puerta, pues estaba bien cerrada. Entonces una niña de nueve años apareció ante sus ojos:

—¡Oh, Campeador, que en buena hora ceñisteis la espada!  El rey lo ha prohibido, anoche llegó su carta severamente custodiada y debidamente sellada. No nos atreveremos a acogeros por nada del mundo; si no, perderíamos los bienes y las casas, e incluso los ojos de la cara. Cid, con nuestro mal, vos no ganáis nada. ¡Que el Creador os ayude con todas sus mercedes santas!

Esto dijo la niña y se volvió para su casa. Bien vio el Cid que no contaba con el favor del rey. Se alejó de la puerta, atravesó Burgos, llegó a Santa María, y allí descabalgó; se hincó de rodillas y rezó de corazón. Terminada la oración, enseguida el Cid volvió a montar a caballo, salió por la puerta de la ciudad y cruzó el río Arlanzón; al salir de la ciudad paró sobre un pedregal, mandó plantar la tienda y luego bajó del caballo. Sabedlo: el Cid Ruy Díaz, el que en buena hora ciñó la espada, acampó al aire libre con los caballeros que lo acompañaban, pues nadie lo acogió en su casa; así pasó la noche el Cid, como si estuviese en despoblado, en medio del campo.

También le había prohibido el rey comprar comida en Burgos, así que nadie se habría atrevido a venderle ni la ración de un día. Sin embargo, Martín Antolínez, el ilustre burgalés, les proporcionó pan y vino al Cid y a los suyos; no lo compró en la ciudad, pues era de su hacienda, así que de esta manera los abasteció de todo lo imprescindible. Se alegró el Cid y todos los que estaban a su servicio. Habló entonces Martín Antolínez:

—¡Oh, Campeador, en buena hora nacido! Esta noche descansaremos y seguiremos por la mañana, pues yo también seré acusado. Si con vos escapo sano y vivo, antes o después el rey me volverá a querer como amigo; si no, todo cuanto dejo no me importa un higo. Habló el Cid, el que en buena hora ciñó la espada:

—¡Martín Antolínez, caballero de intrépida lanza, si yo vivo lo suficiente, os doblaré el sueldo! Gastados tengo todo el oro y toda la plata, ya veis que conmigo no llevo nada, y me haría falta dinero para mantener a quienes me acompañan. Lo lograré por las malas ya que por las buenas no lo conseguiré. Con vuestra ayuda quiero preparar dos arcas, llenarlas de arena, para que sean muy pesadas, cubrirlas de guadamecí  rojizo y cerrarlas muy bien con clavos dorados. Buscad enseguida a los judíos Raquel y Vidas y decidles que como en Burgos me han prohibido comprar y el rey me ha desterrado, no me puedo llevar mis bienes, que son muy pesados; que se los empeñaré por una cantidad justa. Llévenles las arcas de noche, para que no lo vea nadie excepto el Creador con todos sus santos. Contra mi voluntad lo hago, porque otra cosa no puedo hacer.

 

EL CID CONSIGUE DINERO DE DOS JUDÍOS DE BURGOS

 No se entretuvo Martín Antolínez. Entró en Burgos y en el castillo preguntó por Raquel y Vidas enseguida. Juntos estaban echando cuentas de los dineros que habían ganado. Se acercó a ellos Martín Antolínez y les habló con astucia:

 —¿Dónde estáis, Raquel y Vidas, mis queridos amigos? Querría hablar en secreto con ambos. Sin perder el tiempo, los tres se fueron a un lugar apartado.

—Raquel y Vidas, dadme ambos la mano, en señal del secreto de este nuestro trato, que para siempre os hará ricos y nunca más estaréis necesitados. Sabéis que el Campeador fue enviado a por las parias, trajo muchos y muy valiosos bienes: de todos ellos se quedó con lo de más valor, por esto lo han acusado. Tiene dos arcas llenas de oro puro. Ya sabéis que el rey lo ha desterrado, así que ha dejado sus tierras, sus casas y sus palacios. Las arcas no se las puede llevar, pues sería descubierto, así que el Campeador las dejará en vuestras manos si a cambio le prestáis una cantidad apropiada. No tenéis más que coger las arcas y ponerlas a salvo, pero juradme ambos por vuestra fe que no las registraréis durante todo este año.

Raquel y Vidas se quedaron deliberando entre ellos:

—Algún provecho sacaremos nosotros de esto; bien sabemos cuánto tiene él ganado desde que entró en tierras de moros, que ha conseguido gran riqueza y que no puede dormir sin recelo quien va cargado de monedas. Cojamos nosotros estas arcas y metámoslas en lugar donde nadie las vea. Y volviéndose a Martín Antolínez le preguntaron:

—Mas, decidnos, el Cid, ¿cuánto quiere a cambio y qué ganaremos nosotros por todo este año? Replicó con prudencia Martín Antolínez:

—El Cid querrá lo que sea justo, os va a pedir poco por dejar su riqueza a salvo; como de todas las partes se le acercan hombres necesitados, necesita para ellos seiscientos marcos.

Dijeron Raquel y Vidas:

—Con gusto se los daremos.

—Ya veis que entra la noche, el Cid está apurado, necesitamos que nos deis ya los marcos.

—No se hacen así los tratos, que primero hay que recibir y después dar —replicaron Raquel y Vidas.

—De acuerdo —dijo Martín Antolínez—, vosotros venid junto al ilustre Campeador y nosotros os ayudaremos, pues es lo justo, a transportar las arcas y dejarlas a salvo, de manera que no se enteren ni moros ni cristianos.

—De acuerdo estamos —respondieron Raquel y Vidas—, una vez traídas aquí las arcas, tomaréis los seiscientos marcos.

Todos de acuerdo, inmediatamente montaron a caballo Martín Antolínez con Raquel y Vidas. No pasaron por el puente, cruzaron por el agua, para que nadie en Burgos se enterase del asunto. Llegaron a la tienda del ilustre Campeador: en cuanto entraron, al Cid le besaron las manos. Sonrió el Cid, y empezó a hablarles:

—Oh, don Raquel y don Vidas, ¿no os habréis olvidado de mí? Ya me marcho de esta tierra, pues he caído en la ira del rey; por lo que parece, tendréis algo de mis riquezas y no seréis personas necesitadas mientras viváis.

Raquel y Vidas le besaron las manos al Cid. Martín Antolínez ya había acordado con ellos que por aquellas arcas le darían seiscientos marcos y que se las guardarían, sin abrirlas, hasta final de año; lo habían jurado por su fe, así que si incumplían su juramento, cometerían perjurio, y, además, el Cid no les daría ni un céntimo del interés. Dijo Martín Antolínez:

—Que carguen las arcas rápido, lleváoslas, Raquel y Vidas, ponedlas a salvo; yo iré con vosotros, para traer los marcos, pues el Cid ha de partir antes de que cante el gallo.

Deberíais haber visto qué gozo sintieron cuando cargaron las arcas, pues, aunque eran muy fuertes, no las podían subir sobre las bestias de carga. Se alegraban Raquel y Vidas con aquellos tesoros, pues se veían muy ricos para toda su vida.

 

 

 

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría B, modalidad individual.

 

ME ALQUILO PARA SOÑAR (Gabriel García Márquez)

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera, fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral. Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera, descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba. Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo.

 

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría B, modalidad grupo.

 

La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.

Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe: — Me alquilo para soñar.

En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.

— Lo que ese sueño significa — dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.

La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.

Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.

Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.

Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.

— He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo — me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.

Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.

Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa.

Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún.

La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice. Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.

— Sólo la poesía es clarividente — dijo.

Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.

Ella soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.

— A propósito — me dijo—: Ya puedes volver a Viena. Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.

— Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré — le dije—. Por si acaso.

 

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría C, modalidad individual.

                             

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE (Gabriel García Márquez)

Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambillas. «Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida», pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y desapareció en la muchedumbre del vestíbulo. Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera. Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas.

Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. «Claro que sí», me dijo. «Los imposibles son los otros». Siguió con la vista fija en la pantalla de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.

— Me da lo mismo — le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.

Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.

— Escoja un número — me dijo,—: tres, cuatro o siete. — Cuatro.

Su sonrisa tuvo un destello triunfal.

— En quince años que llevo aquí — es el primero que no escoge el siete.

Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.

— ¿Hasta cuándo?

—Hasta que Dios quiera — dijo con su sonrisa—.

 

 

 

V TORNEO ESCOLAR DE LECTURA EN PÚBLICO

Texto obligatorio: Categoría C, modalidad grupo.

 

La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año. Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeros de Roiss y devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.

Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico  transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.

A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño.

Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.

 El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. «Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería», pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió. Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.

Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.

Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, y aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.

Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio todo lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.

— A tu salud, bella.

Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años, me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. «Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados», pensé, repitiendo en la cresta de espumas de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su niel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza.

Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.

El sueño de la bella era invencible. Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York. 

 



Comments